por José Galaviz
4 de mayo de 2025
Quizás es que ustedes ya están muy distantes en el tiempo, de la época en que se construyó CU. Yo también estaba distante, pero a diferencia de ustedes, tuve el privilegio de que Don Alberto Barajas, Don Carlos Graef y Don Juan Manuel Lozano le contaran la historia a mi generación. Quizás también ha sido descuido de nosotros los viejos, que no hemos sabido hacerlos partícipes de ella, como lo hicieron aquellos que, para ustedes son nombres de auditorios y para mi fueron maestros.
Una ciudad universitaria había sido el sueño de los universitarios desde la refundación de la Universidad en 1910. El presidente Pascual Ortíz Rubio le cedió a la Universidad los terrenos de la antigua Hacienda de los Morales cuyo casco principal es hoy un restaurante de Polanco. En una de tantas crisis económicas la Universidad tuvo que vender esos terrenos en 1935, quedando sin lugar donde construir una ciudad universitaria. Fue hasta el 25 de septiembre de 1946 que el presidente Manuel Ávila Camacho expropió terrenos ejidales en el pedregal de San Ángel, que eran totalmente improductivos (porque pues es, digamos, difícil arar piedra volcánica) y que le cedió a la Universidad, que para ese entonces ya tenía el nombre actual: Universidad Nacional Autónoma de México. El 5 de junio de 1950 el rector Luis Garrido pone la primera piedra de CU, adivinen de qué edificio... exacto, la Facultad de Ciencias.
Ocurre entonces un milagro.Para alguien que estudió ciencias y se dice científico, es difícil usar la palabra “milagro”, pero no encuentro una que quede mejor. La Universidad, cuya precaria existencia estuvo muchas veces a punto de terminar, ahora iba a tener casa propia, edificada en un lugar donde a muchos les parecía descabellado tratar de construir algo y no sólo eso, fueron convocados los mejores arquitectos, los mejores artista plásticos, los mejores escultores para colaborar en hacer la casa más bonita y moderna que se hubiera podido imaginar. Arquitectos como Carlos Lazo, Mario Pani, Enrique del Moral, Eugenio Peschard y Raúl Cacho (arquitectos de los edificios de la Facultad de Ciencias y la torre de institutos científicos, hoy Torre II de humanidades), con mucho los que le dieron rostro moderno a un México todavía rural. Artistas plásticos como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Juan OǴorman (el que hizo el mosaico que recubre la biblioteca central), Francisco Eppens (mosaico de la Facultad de Medicina) o José Chavez Morado (quien hizo los murales de nuestra Facultad en lo que hoy es el auditorio Alfonso Caso) y Rodrigo Arenas Betancourt (colombiano), el escultor de la obra originalmente llamada Prometeo-Quetzalcóatl, enfatizando el paralelismo entre las deidades que le conceden el fuego (como símbolo de conocimiento) al ser humano en occidente y en el México prehispánico.
Prometo-Quetzalcóatl nos ha acompañado desde entonces. Originalmente estaba sobre el espejo de agua al oriente de lo que hoy es la Torre II de Humanidades y que alojaba a los institutos de investigación científica. A mediados de los 70 se construyó todo lo que no es el campus central, de los frontones hacia el sur y hacia el oriente, el centro cultural universitario, la Tienda UNAM, Ciencias Políticas, el área de la Investigación Científica y las nuevas instalaciones de la Facultad de Ciencias.
Para la comunidad de Ciencias no fue fácil aceptar mudarse, el mismo Alberto Barajas trató de convencer al rector Guillermo Soberón. Pero ciertamente ya no cabía la población de la Facultad en las instalaciones originales, así que la comunidad aceptó mudarse, pero no se iban a ir si no se llevaban dos cosas: los pizarrones de vidrio esmerilado que estaban en la Facultad y la torre de institutos y... la escultura de Prometeo-Quetzalcóatl.
Había estado allí en el campus central acompañando generaciones y generaciones de los hombres y mujeres de ciencia que hicieron que el mundo volteara a ver a nuestro país en el ámbito científico. Había visto a la juventud pasar de usar faldas anchas, sacos y corbata a verlos con pantalones acampanados, minifaldas y huaraches. Había visto las manifestaciones del 68 y luego vio al ejército vandalizar muebles e inmuebles. Allí había estado siempre, un símbolo, un icono de la Facultad de Ciencias. No se podía quedar atrás. Así que nos lo trajimos. Lo colocaron donde está ahora, pero antes ese sitio no era relevante, la vida de la Facultad giraba en torno al “lagartijero” (el espacio entre el O y el P). La plaza de Prometeo era un asoleadero infame y solitario rodeado de bancas de piedra donde podías ir si querías llorar (sí, también llorábamos entonces) o sufrir una insolación.
Tuve la fortuna de dar mis primeros cursos usando todavía algunos de los pizarrones de vidrio esmerilado. Ya era a veces difícil lograr escribir en ellos, el uso, y la dificultad y el costo de darles mantenimiento hizo que fueran reemplazados. Quizás haya algunos aún en los institutos de Matemáticas, Física o Astronomía. Pero lo que sigue en pie, atestiguando el paso de generaciones de hombres y mujeres de ciencia es Prometeo, como solemos decirle.
Quizás ahora se entiende mejor. No son sólo piedras y metal, no es una ocurrencia disparatada, es una escultura hecha hace 75 años por uno de los mejores escultores de latino américa como tributo para la Universidad, para la Facultad de Ciencias. Un símbolo de la apuesta enorme que hizo el país en 1950 y que tenía a la Ciencia en su centro rodeada de todo el resto del conocimiento. Un símbolo que nos pertenece como comunidad, a donde quiera que vamos lo hemos llevado con nosotros, en el sentido literal o a través de un sticker, una camiseta, una foto. Nos da sentido de pertenencia, de comunidad. Podemos ser muy diferentes de las y los estudiantes que lo vieron por primera vez en 1952, pero nos une un lazo que nuestro Prometeo-Quetzalcóatl representa. Y nunca con mayor justicia he usado la palabra “nuestro”. Es tuyo, es mio, lo fue de Alberto Barajas, de Alejandra Jaidar, de Helia Bravo, de Emilio Lluis Riera, de Carlos Graef, de Graciela Salicrup. Es de tus compañeras y compañeros de generación, de la generación previa y de más de siete generaciones atrás. Lo será de la generación 2026 y de quienes llegarán aquí cuando no estemos. Prometeo-Quetzalcóatl es la Facultad de Ciencias, quien te da el conocimiento aunque los dioses se enojen.