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El arte de inspirar en las aulas: la Facultad de Ciencias rinde homenaje al biólogo Javier Álvarez Sánchez

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  • La comunidad académica de la Facultad de Ciencias celebró 44 años de trayectoria docente, científica y humana del reconocido especialista en ecología del suelo.
  • Exalumnas, colegas, familiares  y colaboradoras destacaron la calidez humana, la empatía y la generosidad de quien formó a decenas de generaciones de biólogos en la UNAM.


Por Susana Paz

El sendero era estrecho y el verde de la selva de Los Tuxtlas lo cubría todo. En medio de aquel follaje, la voz del profesor Francisco Javier Álvarez Sánchez resonó con la fuerza de un impulso inolvidable para su alumna Dulce Flores Rentería: “Tú eres buena para guiarnos, guíanos”. Esas palabras marcaron la vida de la actual investigadora del Cinvestav Saltillo. A través de una pantalla desde Coahuila, la científica recordó ese gesto para agradecer la confianza, la sensibilidad y el acompañamiento de un mentor que no solo enseñó ciencia, sino que impulsó a sus estudiantes a descubrir sus propios caminos.

Ese recuerdo marcó el tono del homenaje a la trayectoria del doctor Javier Álvarez Sánchez, especialista en ecología del suelo y microbiología, con motivo de su reciente jubilación. Amigos, familiares, colegas y estudiantes llenaron el Anfiteatro Alfredo Barrera de la Facultad de Ciencias de la UNAM, el recinto donde el homenajeado cursó desde la licenciatura hasta el doctorado y donde impartió cátedra por más de 40 años.

La jornada reunió testimonios de gratitud y afecto. La doctora Silvia Castillo Argüero, organizadora del homenaje, expresó que la ceremonia fue un reconocimiento a una trayectoria construida con dedicación, integridad y amor por la Universidad. “Hoy celebramos no sólo al investigador destacado, sino también al maestro cuya influencia trascendió generaciones y cuyo ejemplo inspirará a quienes creemos en la ciencia como una herramienta para comprender y conservar nuestro patrimonio natural”.

La académica distinguió además los matices de la labor docente y colocó al homenajeado en el nivel más alto: “Hay maestros que imparten clases. Hay profesores que forman profesionistas. Y hay personas excepcionales que, casi sin proponérselo, inspiran y dejan una huella imborrable en la vida de quienes tienen la fortuna de aprender a su lado. Javier, perteneces a este último grupo”. 

Para la investigadora, la dimensión humana detrás del científico riguroso y metódico contempla a “un hombre generoso, siempre dispuesto a escuchar y a convertir cualquier duda en una conversación agradable”. 

La ceremonia, bajo la moderación de la doctora Josefina Herrera Santoyo, dio voz también a la doctora Irene Sánchez Gallen, actual titular de la Unidad de Enseñanza de Biología, quien contuvo el llanto al evocar el significado que Javier Álvarez ha tenido en su trayectoria académica, primero como profesor y luego como amigo y colega. “Siempre seremos equipo”, fue la frase con la que conjugó su vínculo. 

La secretaria técnica del Departamento de Biología, Martha Ofelia Cano Rodríguez habló de la intensa labor administrativa del homenajeado desde 1985 en jefaturas de departamento y comisiones clave, al tiempo que evocó el sobrenombre de “Súpercoordinador del Metaconsejo”, surgido por la capacidad de orden, cuidado y armonía que el profesor imprimía en su entorno laboral.

La carrera del doctor Javier Álvarez abarca la publicación de decenas de artículos científicos, libros y capítulos arbitrados, la dirección de 51 tesis de licenciatura y posgrado, y la realización del 10° Congreso Internacional de la Sociedad de Micorrizas en México. Tras asumir responsabilidades institucionales como la dirección del Centro de Cambio Global y la Sustentabilidad en Tabasco y la coordinación del Centro de Investigación sobre el Cambio Global de la UNAM, el universitario concluye una etapa fundamental.

"Esta facultad fue mi segunda casa": Javier Álvarez

Tras la ceremonia, el investigador reflexionó sobre la conclusión de su etapa como profesor titular C en el Departamento de Ecología y Recursos Naturales, así como sobre su gestión en Tabasco al frente del Centro de Cambio Global y la Sustentabilidad en años recientes. 

“Me siento muy orgulloso y agradecido con las muestras de afecto. La Facultad de Ciencias fue toda mi vida profesional y mi segunda casa desde 1977, cuando ingresé como estudiante de licenciatura. Aquí viví todo el tiempo, vi crecer los edificios desde las estructuras originales hasta el edificio Yelizcalli, y participé en la planeación de sus espacios”.

Sobre el impacto de su retiro, el científico confesó la sacudida emocional que representa el cierre de este ciclo formal, aunque enfatizó la paz con la que asume el cambio: “Es fuerte decir que formalmente ya no estoy en la UNAM, pero me voy tranquilo y satisfecho porque hicimos lo que teníamos que hacer. Lo más valioso que dejamos son las cosas sembradas en el plano personal, el afecto, el cariño y la amistad. Los investigadores no dejamos de ser seres humanos”.

Al recordar los orígenes de su vocación, dijo que en su época escolar un test de perfil vocacional en la preparatoria lo orientó hacia las ciencias biológicas debido a su fascinación por los paisajes, las selvas y las dunas. Con el paso del tiempo, el trabajo de campo en lugares como la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel y la convivencia con sus profesores impulsaron su gusto por formular preguntas y descubrir patrones en la naturaleza.

Frente a los retos del presente, expresó un mensaje hacia las nuevas generaciones, a quienes instó a aprovechar las tecnologías actuales y la inteligencia artificial, sin olvidar la importancia del contacto humano. “Aprovechen las herramientas, no se detengan ante las dificultades de los trámites o las becas, consulten con sus maestros y busquen ese tema que les apasione, incluso si se trata de los organismos del suelo”. 

Con todo este contexto, el ecólogo habló con gratitud del papel determinante de las mujeres en su historia personal y profesional. Rodeado desde la época de estudiante por colegas y amigas entrañables y respaldado por su esposa Maru y sus dos hijas, el profesor reconoció que esa convivencia fortaleció su empatía y sensibilidad. Con la serenidad del deber cumplido, la comunidad universitaria despidió a un maestro que convirtió la pasión por la ecología en una lección de vida e iluminó el sendero de cientos de estudiantes.